MARIUS

Era jueves por la tarde, sentado en su mesa de dibujo apuntalada en la pared, zarandeaba el lápiz afilado entre sus dedos, mientras que, a través del ventanal, podía ver como seguía lloviendo. Las gotas resbalaban por el cristal trazando miles de caminos convergidos en un mar de agua que desdibujaba el paisaje urbano. Marius, tremendamente cansado, llevaba varios días trabajando muy duro para acabar la presentación del último desfile de la temporada y Monique, como siempre, tenía mil y una excusas para no quedarse. 
Sino calculaba mal, había dormido un promedio de 3 horas en los últimos 10 días, y la verdad, el cuerpo empezaba a notarlo, ni el café ni la coca-cola conseguían mantenerlo despierto. Lo único positivo era que, a finales de mes, se sentiría recompensado económicamente, aunque con el sueldo que cobraba, tampoco le hacía falta. Era uno de los defectos de tener este trabajo, siempre quedaban cosas pendientes hasta el último momento, y antes de eso, había que inventar y sorprender a diario a los jefes, sino te hundían en el lodo y se olvidaban de ti, cosa impensable para él, que aunque sabía que tendría que trabajar mucho, al final conseguiría hacer realidad su sueño, llegar a tener su propia casa de modas y vender sus productos a nivel internacional, haciendo que Yves Saint Laurent, a su lado, pareciese un simple sastre aficionado.
Se sentía bajo de moral, muy raro en él, deseaba estar pletórico y alegre, quedar con alguna amiga, ir a tomar algo y si les apetecía, acostarse juntos, pero hoy no, hoy todo era una mierda. Los dos diseños que había presentado en la reunión de aquella tarde habían sido denegados y eliminados del proyecto, el proveedor de seda natural había olvidado poner en el pedido los colores dorado y carmín para el vestido primaveral que tenía que llevar Celine en la segunda entrada del desfile y, para colmo, la chica con la que se había citado esa noche no podía quedar. Además, hacía 3 horas que intentaba dar forma a esa falda, pero no le gustaba, demasiado ordinaria, necesitaba inspiración, pero ya no sabía de dónde sacarla. Intentó recordar la gente con la que se había cruzado ese mediodía por la calle, a ver si le daban alguna idea, pero nada, actualmente con tanto pantalón, pocas chicas se vestían con falda, y si lo hacían solía ser corta y ceñida. Mientras intentaba encontrar una solución a su dilema, decidió ir a tomar un café. Dejó el lápiz encima de la mesa, que rodó hasta quedar suspendido entre dos gomas, y se fue hacia la máquina que había al lado de la cocina. Tomaría un capuchino, Monique le había dicho que era muy bueno, puso los 35 céntimos, apretó el botón y esperó.
Cuando tragó el primer sorbo, notó como el líquido caliente se deslizaba hacia su estómago, se lo bebió de un solo trago y le sentó fenomenal, estaba realmente bueno, tiró el vaso y la cucharilla de plástico y se fue otra vez hacia la mesa. En ese momento, en el bloque de delante, alguien abrió la luz de uno de los apartamentos, una pareja de jóvenes entraba en el comedor besándose. Marius abrió la ventana de delante suyo para mirar mejor, ya que las gotas de lluvia no le dejaban ver con nitidez. Al ser los balcones de enfrente de cristal, podía verlo todo, de pie en la estancia, empezaron a desarroparse con desespero, cada uno se desvestía impetuosamente, sin dejar de besuquearse. Una vez desnudos, él se sentó en el sofá, estaba muy excitado, normal, pensó Marius, él también lo estaba, notaba su miembro erecto presionado bajo los pantalones, y aunque sabía que no debía mirar, no podía apartar los ojos de ellos. El joven, estirando el brazo le indicó a ella con el dedo que se acercara, lo cual hizo provocativamente, hasta sentarse encima de él con las piernas abiertas. Siguieron besándose durante unos minutos, cuando ella, cogiéndole el miembro con la mano, se lo introdujo lentamente, al mismo tiempo que él tiraba la cabeza hacia atrás, colmado de placer. Ella empezó a cabalgarlo con movimientos ascendentes y descendentes a la vez que hacía círculos aleatorios, danzando sus caderas a un ritmo cada vez más vertiginoso, seguido por las manos de él sujetando con fuerza sus nalgas, mientras le lamía los pechos insaciablemente. En unos minutos, la fogosidad se apoderó de ellos, parecían animales salvajes, ella se cogía vigorosamente al respaldo, aumentando en cada galopada el ímpetu de su excitación hasta que, llegando al orgasmo, desfallecieron los dos abrazados, todavía unidos, en el sofá. Ella le rodeaba el cuello con sus brazos y apoyó la cabeza en su pecho, mientras él le besaba dulcemente en el hombro. Al cabo de un momento, ella se levantó y apagó la luz.
Marius cerró la ventana, estaba muy excitado, tenía sed de sexo, necesitaba masturbarse, pero allí no podía. Se dirigió al baño y apoyando la mano izquierda contra la pared, se desabrochó los pantalones, se sacó el miembro, cerró los ojos y empezó a acariciarlo, con energía, dejándose llevar, ido, sólo pensaba que era él el que estaba debajo de la chica, besándola y cogiendo su culo con las dos manos. No tardó mucho en venirle, explosivo, denso, apuntó al retrete y dejó escapar toda la energía de golpe... Bufff... genial!... estaba relajado, satisfecho, aunque le faltaba el abrazo de ella. Se limpió, secó unas gotas de semen que habían quedado en la tapa del lavabo y volvió a su mesa.
La luz del apartamento seguía cerrada, Marius curioso, intentó imaginar qué estarían haciendo, pero desistió, decidió dejarles en su intimidad, ya les había robado bastante. Miró como las gotas resbalaban por el cristal, cruzó las manos sobre la mesa y apoyando la cabeza en ellas, se durmió placidamente, deseando soñar, otra vez, que él era el protagonista.